Mientras tanto en la prensa: discursos de odio, especialistas y guerras culturales.

Mientras tanto en la prensa: discursos de odio, especialistas y guerras culturales.

En esta semana convulsa en la prensa hemos observado varias polémicas, muy distintas entre sí, en las que sin embargo la figura de los especialistas (médicos en este caso) se utilizaba de una forma que ha llamado poderosamente nuestra atención.

Por una parte los medios de comunicación nos traían la muy desagradable noticia de que el autobús propagandístico de una organización de ultraderecha recorría las calles de Madrid, y pretendía hacerlo después en otra ristra de ciudades lanzando un mensaje de desprecio hacia un colectivo muy vulnerable, los niños y niñas transexuales. Basándose en una aparente tautología acerca de los genitales habitualmente presentados por cada género añadían a la aparente “verdad incontestable” el rechazo directo a la existencia de niñas y niños con disforia de género, con identidades de género no binarias o en cualquier otro punto del espectro de género, así como a los niños y niñas intersexuales. Un colectivo que con frecuencia salta a la prensa por ser víctima de situaciones de acoso escolar en las que los entornos infantiles o juveniles escenifican el discurso tránsfobo de la sociedad adulta, empujando a esos menores a situaciones insostenibles. El discurso de odio impreso en ese autobús contra el colectivo de menores trans pasa por algo tan elemental como negarle la existencia a este grupo de personas, confrontando su identidad pretendiendo convertirla en algo opinable. En un primer momento en las redes surge la duda de si protestar contra este mensaje no supone darle más publicidad y pábilo a una organización muy minoritaria y escasamente representativa versus el planteamiento de que ante el odio ante un colectivo tan vulnerable la respuesta ha de ser clara y contundente. Sin embargo la sociedad se encarga de responder con un mensaje de rechazo claro al contenido propagandístico del autobús que sí, ha conseguido muchísima difusión desde la indignación pero ha ganado pocos adeptos en su discurso de odio. El autobús ha iniciado una batalla en lo que se ha denominado “guerras culturales” pero la ha perdido. Sin embargo durante el aluvión de respuestas surge un fenómeno que como asociación de profesionales nos llama la atención. Entre la argumentación de los escasos defensores del autobús de pronto aparece nombrado una y otra vez el Colegio Americano de Pediatras que alerta contra la “ideología de género” y el diagnóstico de disforia de género en la infancia. Rápidamente se recurre a esa opinión de expertos en una verdad incontestable que funciona como arma arrojadiza. Sin embargo poco tarda en aparecer una aclaración desde el otro lado de esta “batalla cultural”: el Colegio Americano de Pediatras es una escisión minoritaria de la Asociación Americana de Pediatras, la cual tiene un discurso claro a este respecto: proteger a los niños y niñas trans, facilitarles su reasignación y su vida conforme a su identidad declarada. Ese “colegio americano de pediatras” ha recibido la categoría de “grupo de odio” por su promulga de mensajes tránsfobos y ultraconservadores, precisamente en esta temática, que propugnó su escisión.

Más allá de lo mayoritario o minoritario de cada una de esas asociaciones que representan la voz de médicos especialistas (en este caso particularmente sangrante por la desproporción de socios a los que representan) este caso ejemplifica muy bien cómo ni la ciencia ni la opinión de los y las científicas son neutrales ni son una verdad objetiva, aunque en contexto de una batalla ideológica sea muy útil considerarlos así.

Ha habido más declaraciones en prensa esta semana que nos han llamado la atención. Una de ellas en torno, otra vez, a la relación de la psiquiatría con la industria farmacéutica. De nuevo pretender responder con absolutos o con “opiniones objetivas de autoridades de criterio incontestable” nos parece un absurdo. Nos hemos manifestado en múltiples ocasiones en relación a este tema. Hasta qué punto ha permeado la industria farmacéutica en la clínica, en los diagnósticos, en los criterios de prescripción y hasta en nuestro lenguaje es tan evidente que basta con entrar a cualquier consulta de psiquiatría y contar el número de logos y cachivaches publicitarios que el paciente ve y el prescriptor no. La ceguera unilateral del “a mí no me influye” tan bien descrita y denunciada por colectivos como NoGracias, Farmacriticxs, No es sano etc. ha campado y aún campa a sus anchas. Los argumentos a favor de la independencia de la industria permanecen sólidos, progresivamente con más eco, aunque aún son mucho menos hegemónicos de lo que nos gustaría. Una prueba más de la potencia de la industria farmacéutica en nuestro mundo profesional es precisamente lo difícil y lento que resulta desprenderse por completo de los humos industriales. Dentro de la AEN aprobamos en las jornadas nacionales de Cartagena el no volver a realizar actividades financiadas por la industria, después de que algunas asociaciones autonómicas nos llevaran la delantera. Pero mentiríamos si dijéramos que en los años previos no ha habido un debate enconado dentro de la asociación, con facciones que defendían la necesidad de seguir disponiendo de esa financiación “industrial” para existir y facciones que alertaban de que sin independencia nuestro funcionamiento no tenía sentido. Los argumentos a favor de la independencia se han mantenido sólidos mientras los argumentos en contra han ido transformándose. Aunque estemos lejos de conseguir que el discurso en contra de esa financiación sea hegemónico en las transformaciones casi caricaturescas que vamos viendo en el discurso pro-financiación-de-la-industria, incluyendo las declaraciones que enlazábamos, queremos ver que poco a poco van perdiendo terreno. Dentro de las profesiones dedicadas a la salud mental se ha librado (y aún se libra) otra de esas guerras culturales en torno a esta financiación y esa independencia. En la que también se ha intentado recurrir a “la voz de los expertos” como hechos incontestables y arrojadizos, como con el colegio americano de pediatras. No es real. Ningún experto representa a todos los expertos (empezando por nosotros) ni el concepto “experto” es una garantía de verdad absoluta. No nos importan los números en este caso, ni cuántos profesionales estén de cada lado de esta batalla ideológica en torno a la relación con la industria. Los argumentos a favor de la independencia creemos que funcionan por sí solos. Aunque los defendiera un único profesional contra todo el resto de su profesión. Este debate, repetimos, enconado, continuará aún por un tiempo. Y a ese seguirá otro, porque la industria encontrará otros modos de crear discurso y de crear negocio (la industria diagnóstica, la financiación directa de asociaciones de pacientes y usuarios, de asociaciones de familiares, etc).

Mientras tanto como asociación de profesionales seguimos trabajando desde la humildad y desde la búsqueda de la coherencia en construir un discurso profesional carente de odio, carente de verdades absolutas y carente de influencias de quienes en la salud sólo quieren ver negocio. Tardemos lo que tardemos.