Contrarréplica de Álvaro Múzquiz en torno a “Sociogénesis de la conducta alimentaria”.

Contrarréplica de Álvaro Múzquiz en torno a “Sociogénesis de la conducta alimentaria”.

Reproducimos a continuación la contrarréplica de Álvaro Múzquiz a José Luis Moreno Pestaña tras la respuesta de dicho autor a la reseña, publicada en la Revista de la AEN, “Sociogénesis de la conducta alimentaria”.

[Desde la AEN agradecemos a ambos autores que compartan esta interesante discusión]

 

A pesar de que lo que se expone a continuación es una respuesta a la réplica de José Luis Moreno Pestaña a la reseña publicada en el último número de la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría sobre su libro “La cara oscura del capital erótico”, lo propio sería redactar una mera aclaración. Será una contrarréplica para no resultar tedioso repitiendo con otras fórmulas lo que ya está escrito y para facilitar la lectura. Para ello me limitaré a seguir en el mismo orden los cuatro puntos que Moreno Pestaña considera importantes y centrarme en su contenido sin entrar –siguiendo la propia terminología bourdieuana del autor–en una carrera sobre la acumulación de capital cultural institucionalizado y objetivado de cada uno de nosotros como si eso sustentara los argumentos. Decía que tendría que bastar una aclaración porque considero que la réplica del autor es en todo punto el fruto de una doble incomprensión, a saber: (1) la del contenido literal de la reseña y (2) la del contexto en el que está escrita y se publica (revista de una asociación de salud mental que será leída por una mayoría de profesionales dedicados a la clínica o público en general no especializado en filosofía ni sociología). El primer punto puede ser atribuible a mi torpeza para la expresión escrita, pero que alguien que insiste en su larga carrera profesional objetivando diversos ámbitos de la actividad humana (entre ellos su propio trabajo) y publicando incurra en el segundo error interpretativo me ha sorprendido. Por todo ello, el texto es un intento de poner en orden estos dos malentendidos.

1. Moreno Pestaña deduce de su lectura de la reseña que interpreto que trata los trastornos alimentarios como categoría indiferente (siguiendo a Hacking), con una causalidad social paralela específica. Al mismo tiempo, que esta causalidad ha sido buscada solo como desecho dejado por ramas profesionales que en su disputa de poder suelen tener más ventaja que la sociología y la filosofía: la medicina y la psicología. Y, por último, que lo acuso de que en este proceso no ha sido suficientemente radical deconstruyendo la categoría de los trastornos alimentarios. Para defenderse de tales acusaciones apela a que no se ha tomado en cuenta un determinado capítulo teórico del libro, a saber, el tercero, y repite los argumentos expuestos en dicho capítulo; es decir, que para él los trastornos alimentarios caerían bajo lo que Hacking llama categorías interactivas o híbridas y que también ha tenido en cuenta que existen distintos umbrales de detección para los trastornos en distintos ámbitos culturales (lo que en el libro se llama polarización cultural) o en distintas familias. También menciona el problema práctico que supondría una deconstrucción masiva de las categorías psiquiátricas. En el caso de que en la reseña se afirmara lo que dice el autor, difícilmente podría atribuirse a pasar por alto lo que vuelve a mencionar en este apartado cuando el propio autor reconoce posteriormente que en la reseña se recogen sus pautas para definir la normalidad corporal. En el comienzo de la reseña no solo se recogen dichas pautas sino que se menciona también, con otros términos, sus ideas de la categoría híbrida (sin mencionar a Hacking) y los umbrales de detección. Es lo que se expone como discontinuidad histórica, de clase, de género y laboral. ¿Cómo puede ser que al mismo tiempo se recoja y no se recoja algo? ¿Quizá nos encontremos ya ante un nuevo nivel de pensamiento dialéctico o cuántico? Creo que hubiera sido más prudente considerar por parte de Moreno Pestaña que lo que se dice en la reseña es a pesar de haber tenido presente ese tercer capítulo. Y es que para escribirla se ha tenido en cuenta cómo se articula el libro en su conjunto y no una reinterpretación desde un capítulo teórico de 10 páginas de un libro de casi 400. Para el que no haya leído el libro se puede poner un ejemplo de la propia respuesta de Moreno Pestaña: su mención a Merleau-Ponty. Nos dice que cualquiera que haya leído su obra sabe que las causalidades biológica, psicológica y social están entrelazadas y no se pueden desmadejar. Pues bien, Merleau-Ponty parece haber sido cogido al azar puesto que si lo sustituyéramos por cualquier autor de entre el panteón de filósofos ilustres que maneja, la frase sigue teniendo el mismo sentido banal e inespecífico.

Podemos poner a Hegel y todo sigue igual. Y, además, ¿tendremos que reinterpretar toda la respuesta en base a la mención de dicho autor?¿Estamos ante la aplicación breve y práctica de la totalidad de la fenomenología merleau-pontyniana? En el libro ocurre lo mismo. Muchos autores se usan de manera inespecífica, sesgada e incluso malinterpretada; especialmente llamativos son los casos de Hacking, Sánchez Ferlosio y Marx (este último luego lo veremos). Hacking, que parece tan importante para el autor, aparece de manera explícita en precisamente los dos puntos que han salido a relucir en este apartado. El primero de ellos es la última sección metodológica, que vuelvo a abordar aunque parece ser que la única pretensión del autor al incluirla en el libro era la de recibir alabanzas por “desnudarse”. En esta sección se utiliza a Hacking como forma de justificar que por muy biológica o indiferente que fuera una categoría mental el sujeto que la padece sufriría y tendría que lidiar con ella en la sociedad, y eso lo tiene que estudiar la sociología. Resulta incomprensible que haya que utilizar a ese autor en concreto para justificar un argumento tan manido probablemente hasta por los profesionales a quienes quiere convencer de la necesidad de su trabajo. Podría sustituirse por cualquier otro autor (me viene ahora a la cabeza simplemente el capítulo de Jaspers sobre el enfermo ante su enfermedad), y hasta casi por cualquier tratado al uso de psiquiatría, y no cambiaría un ápice el argumento ni la justificación. Que se opere así parece obedecer únicamente a un prejuicio acerca de la postura que cree deben tener los demás según su profesión, como vemos en la propia respuesta en que se atribuyen cualidades inherentes a las categorías “profesor universitario”, “cierto radical chic psiquiátrico” o “psiquiatría radical”, por poner algunos ejemplos. Pero es que, además, al contrario de lo que afirma el autor en su respuesta, se debate en esa suerte de división de causalidades que él mismo realiza y que no basta con corregir diciendo obviedades del tipo de que están anudadas cuando, de hecho, en el caso de los trastornos de la conducta alimentaria es precisamente el argumento de la psiquiatría oficial (el que quiera puede abrir un Kaplan y comprobarlo por sí mismo). El autor en la página 360: “los trastornos alimentarios no se producen porque las personas tengan problemas en su equipamiento neurofisiológico (que pueden tenerlos también): se producen porque las estructuras sociales ponen a las personas en problemas”. Esta oración es excluyente, es un “no se producen por esto sino por esto otro aunque tuvieran problemas neurofisiológicos” y se utiliza plenamente con un sentido causal. Asimismo, ¿qué es si no la propuesta de incluir los trastornos alimentarios como enfermedad profesional cuando este concepto viene dado por una relación directa causal entre el trabajo y la enfermedad que se padece? De nuevo, al contrario de lo que afirma en la respuesta, el sociólogo lo que se encuentra es en la cúspide de la causalidad y del poder explicativo sobre los trastornos alimentarios; son los demás los que pueden si acaso recoger sus migajas.

El otro lugar en el que aparece Hacking es el referido tercer capítulo. En él se aborda su concepto de categorías interactivas e híbridas y, por otra parte, los umbrales de detección, la polarización cultural y un breve recorrido histórico por los orígenes y pequeños debates internos de la psiquiatría con respecto a la configuración del concepto. En este último punto es donde Moreno Pestaña saca a relucir un debate que luego dice que no es el suyo, el de los profesionales que consideran los trastornos de la conducta alimentaria como entidad independiente o incluida en otros trastornos. Explícitamente no se dice nada más, solo se señala ese debate. Cuando digo que el autor toma partido por el primer grupo, el de los anorexólogos, no lo hago pensando en asuntos que habitualmente no se encuentran en los debates en el seno de la salud mental, como si son categorías indiferentes, híbridas o interactivas, sino simplemente en el sentido que puede interesar a un lector potencial de la revista. Esto comprende la posición entre esos dos grupos y en el libro se opera claramente siguiendo a los primeros, a los anorexólogos. Es indiferente que se diga que las clases psiquiátricas son en estrella, ya que esto solo implica grandes diferencias de los sujetos concretos dentro de la misma categoría, en nuestro caso los trastornos alimentarios, y esto se establece en el libro además como una continuidad entre los problemas sociales-alteraciones corporales-trastornos de la conducta alimentaria. Nunca hay ninguna mediación más. Para el profesional de salud mental es interesante saber que nunca se considera si en esa relación las mujeres presentan otro trastorno del cual las alteraciones alimentarias son síntomas superficiales, ya que ese es un debate que le resulta de especial interés. El profesor intenta escapar diciendo que este no es su campo ni su mercado. Pero no se puede evitar el mismo si hablamos de trastornos y su manera de abordar lo interactivo y los umbrales de detección es problemático e
incide en la idea de incluir al autor en el grupo de anorexólogos. Un trastorno es una categoría que implica que su configuración final se da en un marco si no exclusivamente médico por lo menos terapéutico (psicológico o psiquiátrico). En la sociedad existen diversos modos de detectar y modificar las alteraciones de la norma y solo las que pasan por dicho contexto y son calificadas por profesionales como trastornos podemos considerarlas como tales. Antes, más bien, serán simplemente problemas. Un ejemplo burdo y rápido lo podemos ver con el todavía utilizado diagnóstico de esquizofrenia. Alteraciones de conducta o del discurso de diversos tipos se han ganado (y se ganan) apelativos diversos, como pueda ser el socorrido de “loco”, y, al mismo tiempo, según diversos entornos familiares y culturales, constituir o no un problema. Aunque este lo sea, no será hasta una valoración y un diagnóstico cuando se pueda hablar de esquizofrenia propiamente, si es que el clínico concreto
lo considera oportuno. Hace falta una apropiación y reelaboración categorial de una práctica profesional concreta. Si bien en el tercer capítulo parece que nos encontramos ante la posibilidad de que se tome en cuenta alguna especificidad de la categorización psiquiátrica y de la interacción de dichas prácticas con las pacientes, la realidad es que esa sensación se esfuma tan rápido como se sigue leyendo el libro. La interacción, la polarización, los umbrales, etc. solo se exploran en el entorno social y cuando son problemáticos pasan a ser inmediatamente trastornos. La confusión es total y esta incide en la idea de causalidad social de los trastornos alimentarios: lo que es un problema en la sociedad pasa inmediatamente a ser un trastorno. En ningún punto se reprocha que el autor no sea radical deconstruyendo nada; es que, simplemente, un lector clínico tiene que saber que el libro no aportará nada nuevo a lo ya conceptualizado porque, vuelvo a repetir, basta con leer un manual para ver que la supuesta gran aportación del libro, que es descubrir que algunos entornos laborales con una mayor presión corporal producen alteraciones que desembocan en un trastorno de la conducta alimentara, se encuentra en el discurso oficial psiquiátrico; por no hablar del propio tratamiento que suele hacerse del tema en los medios de comunicación. Por lo tanto, el problema no es que no haya una deconstrucción ni una reelaboración conceptual, sino la falta total de novedad.

2. En cuanto a las entrevistas vuelve a ocurrir otro tanto de lo mismo. Como en el punto anterior y en el siguiente, lo que se hace en aparente confrontación es desviar la atención hacia otro lugar haciendo parecer que se dice lo que no se ha dicho. Todos entendemos la diferencia entre una entrevista clínica y una social y no se pretende que se haga una de un tipo cuando el contexto es otro. Por otro lado, Moreno Pestaña afirma que yo sugiero que sacaría más de las entrevistas. En ningún punto afirmo semejante disparate. El asunto es más bien otro: que las entrevistas no son más que apoyos parciales de la teoría que se quiere demostrar. No existen mujeres que se salgan de su principal argumentación y las preguntas del entrevistador se dirigen a esa relación expuesta más arriba: trabajo (aquí se incluyen también otros factores asociados culturales y la competencia entre
trabajadoras)-alteraciones corporales-trastornos de la conducta alimentaria. Esta tendencia cierra la experiencia y evita que el lector pueda adquirir algo más que la repetición incesante del mismo asunto. El profesor podría acudir aquí a algo tan socorrido como que solo son ejemplos de lo que él quiere decir pero entonces tendría que aclararlo en el libro y no hacerlo pasar como la presentación del material de primera mano de su trabajo empírico. En la reseña explicito el valor que tiene mostrar parte de las entrevistas por tener la voz de las mujeres afectadas, pero de nuevo insisto: en una revista que leerán principalmente profesionales en contacto con pacientes (no en un suplemento dominical o una revista de filosofía) creo que es importante reseñar qué se puede esperar de las entrevistas reflejadas en el libro y si aportarán algo a esos potenciales lectores.

3. En este punto, el profesor intenta soslayar el problema defendiendo la supuesta irrelevancia de que los conceptos que maneja provengan de autores u obras determinadas ¿Cómo puede alguien decir que la referencia a Marx le da igual cuando en la primera página de su libro hace referencia al mismo, dedica el segundo capítulo del libro a tratar un concepto elaborado por él (lo titula “del capital variable al capital erótico”) y la primera sección de dicho capítulo se titula “Marx y la complejidad del capital variable”? Es cierto que si lo que quiere decir es que le da tanto igual que no es riguroso ni con la bibliografía al referirse a Marx, ya que todo es bibliografía secundaria, le podemos dar la razón; por cierto, esto es una constante en el libro también en otros asuntos como, por ejemplo, en sus afirmaciones sobre lo inofensivo para la salud de la obesidad. Pareciera, leyendo al profesor, que él se ha limitado en el libro a discutir sobre capital y capitalismo sin recurrir necesariamente a conceptos marxistas y que soy yo el que exige ceñirse a estos, cuando es explícito y manifiesto que en el libro se quiere dar un sentido plena y específicamente marxiano al término capital.

Pero centrándonos en lo meramente conceptual diré que si bien todas las clases de filosofía del lenguaje las tiene bien aprendidas no le vendría mal una de economía política, porque el concepto de capital y capitalismo que maneja es hasta tal punto deficiente que, o bien nos encontramos ante un nuevo descubrimiento del pensamiento posmoderno, o es simplemente premarxista. Por ello elegí el ejemplo de los tomates como demostración del rigor con el que se trata un tema central en el libro, ya que al incluir dicho ejemplo en la primera página debió de parecerle al autor especialmente sugestivo. En la reseña señalo que el concepto pretendidamente marxiano de capital es doblemente problemático en el libro: primero, por una mala interpretación del propio concepto, y, segundo, por su equiparación con los conceptos tomados de Hakim y Bourdieu. Moreno Pestaña sostiene que un recurso deviene capital cuando se puede vender o comprar en un mercado unificado (de ahí su elección del ejemplo de los tomates). Observa que esto se produce actualmente con ciertos valores corporales y estéticos y que, por lo tanto, los cuerpos devienen capital. El profesor, en su afán por el empirismo, confunde la observación de que un mercado unificado haya podido desarrollarse bajo condiciones capitalistas de producción con el concepto mismo de capital y capitalismo. Un recurso valorizado no es más que una mercancía estén o no los mercados unificados. Moreno Pestaña no distingue entre mercancía y capital. Si uno acude a los mercados unificados con recursos valorizados lo podrá vender por un dinero y, si quiere, comprar otras mercancías con ese dinero siguiendo el esquema M-D- M´. Esto no es nada específicamente capitalista; es simplemente un intercambio mercantil y los recursos son mercancías, no capital.
Lo específicamente capitalista es la revalorización del dinero que acude a un mercado a comprar algo que produce un plusvalor, la llamada fuerza de trabajo según el ciclo D-M- D´ (donde D´ es el dinero inicial más un  plusvalor que surge del proceso de producción). Así se transforma el dinero en capital. Según desarrolla Marx en el capítulo sexto del primer libro de El Capital, el dinero que se invierte en el mercado se destina a dos tipos de mercancía: aquellas que transfieren su valor inalterado a la mercancía final (por ejemplo, materias primas) y aquellas que hacen incrementar el valor de la mercancía resultante en el proceso de producción (la fuerza de trabajo de los trabajadores, ya que, según la teoría del valor utilizada por Marx, es el trabajo el productor de valor). A la parte destinada a lo primero lo llama capital constante; al destinado a lo segundo capital variable.

Moreno Pestaña sabe esto último y deduce entonces que si lo erótico ha saltado a los mercados podemos decir que es capital variable. Esto último, a pesar de los malentendidos expuestos más arriba, no sería un problema si no se generalizara el término capital erótico dándole un sentido marxiano y se asimilara a los otros dos. Porque el autor en todo su cuidado para distinguir las presiones estéticas en los trabajos sigue hablando siempre de capital en este sentido. Si queremos que conserve algún significado como capital variable habría que explicar qué lugar concreto ocupa en el proceso de producción según el ciclo D-M- D´ antes expuesto. Si no funciona añadiendo valor, como, por ejemplo, siguiendo el propio libro en un trabajo académico, no podemos seguir diciendo que es capital variable ni ningún otro sentido económico que se precie. En este punto, se observa la confusión previa entre capital y mercancía, puesto que el autor cree que las interacciones en una sociedad capitalista son siempre en algún sentido mercantiles (ligar en discotecas también es para él un mercado), y que por tanto todo es mercancía (hecho discutible), pero él lo llama capital. Sería conceptualmente más adecuado hablar simplemente de mercantilización del cuerpo y no de capitalización, pero entonces se perdería la sensación de novedad e impacto, y así la justificación para seguir sosteniendo la combinación de palabras capital erótico.

4. El autor no admite siquiera que se dé una opinión que se hace notar como claramente subjetiva. Que el capítulo sobre las resistencias me parezca de menor interés dejo claro que es exclusivamente para mí, no que lo deba ser para cualquiera. No me resulta de interés porque desconfío de la necesidad de plantear propuestas concretas de cambio en un trabajo académico y porque, si bien se recogen los modos en que muchas mujeres luchan contra los trastornos alimentarios, no es cierto que lo que se propone sea independiente de que sean considerados una entidad independiente o parte de otro cuadro nosológico, como dice el profesor en su respuesta. La realidad es que parte de una premisa generalizada en el imaginario popular y en los medios de comunicación que consiste en que “la anorexia y la bulimia surgen de perseguir la delgadez” (frase literal de la página 289 con que se inicia el capítulo), y, por tanto, que las soluciones consistirán en interferir en la cadena trabajo-presión corporal-trastorno alimentario. Como se ve, se repite constantemente el mismo esquema que, como digo en la reseña, parece surgir de un trabajo teórico y dudosamente de uno empírico. No creo, por tanto, que el profesor esté enemistado con la teoría, sino que o cree que los demás lo están y tiene que justificarse, o que gracias a dotar a su trabajo de una apariencia empírica correrá en el día de hoy mejor suerte publicitaria. En definitiva, la respuesta del autor a la reseña parece un intento de confrontar con algo que no se ha dicho y de exigir que se tengan en cuenta asuntos que por el contexto y el espacio no son esperables. Si la reseña hubiera estado plagada de los habituales lugares comunes y alabanzas de mera promoción: “libro imprescindible”, “necesitamos otros libros como éste”, “de nuevo una gran publicación de este autor” etc. es de suponer que le habría dado igual que hubiera sido una sucesión de inexactitudes y faltas de asimiento de conceptos, autores, capítulos, etc., ya que no es inhabitual que las obras ni siquiera sean leídas para escribir reclamos sobre ellas.